¿Qué hace que jugar sea divertido para los niños? Siete factores destacan, según el estudio

¿Qué hace que para un grupo de niños jugar juntos sea algo muy entretenido y qué puede convertirlo en una experiencia aburrida?
Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Psychology identificó siete factores clave que parecen determinar si los niños perciben una actividad de juego como divertida o insoportable.
Aunque cada niño tiene gustos distintos, los investigadores encontraron que estos siete elementos influyen de forma directa en la calidad de la experiencia lúdica.
Entre los factores más relevantes están sentirse incluido dentro del grupo, poder usar la imaginación, estar en un entorno dinámico y emocionante, contar con algo interesante que hacer, experimentar cierta tontería o transgresión, y tener metas o retos que puedan lograrse.
A esto se suma un séptimo elemento más difícil de definir, al que los autores llamaron “sensación de juego”, relacionado con esa percepción interna de que algo realmente se siente divertido.
El investigador principal, Andreas Lieberoth, profesor asociado de educación en la Universidad de Aarhus, explicó que esta sensación es fácil de reconocer cuando se experimenta, aunque sea complicada de describir, algo parecido a conceptos como el amor, la maldad o la diversión.
Según las propias palabras de los niños, esta sensación aparece cuando algo se siente “perfecto”, cuando simplemente les provoca risa o les saca una sonrisa. En cambio, cuando falta, el juego puede sentirse molesto, tedioso o hacer que piensen que las reglas deberían ser distintas.
Para realizar el estudio, los investigadores entrevistaron a 104 niños sobre sus experiencias de juego e identificaron patrones repetidos que hacían que una actividad fuera buena o mala.
Después, encuestaron a otros 504 niños para perfeccionar la lista, pidiéndoles comparar esos factores con recuerdos de juegos agradables o desagradables.
Los resultados mostraron que dos factores —retos alcanzables y esa sensación genuina de juego— aparecían con frecuencia en las mejores experiencias. Los otros cinco podían estar presentes tanto en juegos positivos como negativos.
Por ejemplo, el componente de transgresión indicaba que, en algunos casos, parte de la diversión radica en romper un poco las normas, hacer bromas, alborotar o desafiar las reglas del entorno social o del patio escolar.
Lieberoth señaló que muchas veces un buen juego no necesita ese elemento, pero en ciertas situaciones es precisamente lo que lo vuelve especial y memorable.
Los investigadores también advirtieron que los adultos pueden estropear la experiencia cuando intentan forzar a los niños a integrarse en un juego, ya que esto puede ir en contra del sentido natural de inclusión social.
Los niños disfrutan más cuando se sienten aceptados de forma espontánea, no cuando son insertados a la fuerza en una dinámica ya iniciada.
Lieberoth comentó que algunos de los factores detectados revelan una especie de “kriptonita del anti-juego”, algo que muchos adultos recuerdan de su infancia o incluso de actividades grupales incómodas en el trabajo.
Añadió que, aunque en ocasiones un adulto puede ser útil para acompañar, iniciar o apoyar el juego, otras veces lo mejor es mantenerse al margen.
El investigador espera que estos hallazgos ayuden a los adultos a promover formas de juego más variadas y enriquecedoras entre los niños.
Sin embargo, el equipo enfatizó que estos resultados no deben utilizarse para intervenir constantemente en cómo juegan los menores.
En lugar de eso, recomiendan ofrecer espacios amplios con distintas posibilidades de juego y actividades, de modo que cada niño pueda elegir y aumenten las probabilidades de inclusión para todos.
La investigadora Hanne Hede Jørgensen, profesora asociada en VIA University College, destacó que los adultos deberían dejar de indicarles a los niños cómo jugar y confiar más en su capacidad para resolverlo por sí mismos.
También subrayó que debe existir espacio tanto para el “buen” como para el “mal” juego, porque lo que resulta divertido para un niño podría no serlo para otro.
En resumen, los autores dejaron claro que no existe una fórmula única para el “juego correcto”.
Lieberoth concluyó que, aunque en otros contextos culturales o momentos históricos podrían surgir resultados distintos, dentro de este estudio los hallazgos se mostraron bastante consistentes, lo que incluso sugiere que algunas características del juego podrían ser universales.
Los resultados del estudio fueron publicados el 26 de marzo.
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